En la agenda mediática ya no hay espacio para las buenas noticias. Las guerras se resumen en imágenes de ciudades en ruinas y vídeos de tiroteos. Las crisis de los refugiados no son más que fotografías de niños cruzando las alambradas y largas filas de tiendas blancas.

5.000 personas murieron en 2016 tratando de cruzar el Mediterráneo. Muchas huían (y huyen) de guerras, como la de Siria, Yemen o Sudán. Otros arriesgan sus vidas por culpa de la falta de oportunidades y muchas personas más, por lo que llamamos cambio climático. Los números indican que más de 1,6 millones de personas han cruzado por Grecia para llegar a otros destinos europeos y poder seguir adelante, pero otras 60.000 viven confinadas en precarios campos de refugiados en el país, esperando el fin del gran bucle burocrático de las instituciones europeas.

No es equiparable con la situación de Turquía, Jordania o Líbano, con millones de personas refugiadas a su cuidado. Pero son solamente cifras y más cifras. Nada más. Millones de vidas, experiencias, anécdotas, recuerdos… Todos convertidos en simples números allanando y acabando con todo el valor y significado de aquello que llamamos ‘vida humana’.

En las entrañas de la Facultad de Comunicación de la UAB, una estudiante de 19 años, harta de la simplicidad informativa de la crisis de los refugiados, decidió hacer algo al respecto. ‘‘Quería ver con mis propios ojos lo que ocurría con los refugiados, ayudar con lo que fuera posible’’, explica Clara Fortuny, estudiante de segundo de Comunicación Audiovisual. ‘‘Andreu Tarrés, amigo y compañero de carrera, me dijo que él y su grupo de El Cau de Sant Cugat se iban a los campos de Grecia para realizar actividades culturales con los refugiados, así que me sumé enseguida’’, cuenta Clara. El grupo de jóvenes pasó a formar parte del grupo Open Cultural Center para poder ser acreditados y entrar en el recinto.

El campamento de Cherso alberga a más de 2.000 personas, un 40% menores de edad

La muchacha siempre trae consigo unos pantalones guerrilleros de 20 años de antigüedad, unas curiosas gafas, instinto fotográfico y una bonita sonrisa. ‘‘Los refugiados eran autosuficientes, ellos se construían las tiendas, se cocinaban la cocina, aprendían inglés y otras materias. Así que nuestro cometido principal consistía en realizar actividades culturales’’, comenta, ‘’yo, por ejemplo, enseñaba a los niños pintar y dibujar’’.  Clara ya demostraba sus habilidades artísticas de antaño pintando ‘graffitadas’ en los muros de Terrassa, donde reside. Pero decidió cambiar las paredes de los bancos financieros por las aulas improvisadas al aire libre en el campo de Cherso, al noroeste de Grecia, a 10 kilómetros de Macedonia y 25 de Bulgaria. En cambio, las ganas de hacer fotografías siempre la han acompañado, y cómo no, también en el campo de refugiados.

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Zeki, refugiado sirio tras pintar el logo de ACNUR – Clara Fortuny

 ‘’El cau de Sant Cugat ahorró el suficiente dinero vendiendo camisetas para comprar los viajes de ida, el material escolar y el alquiler. Yo al final tuve que pagar mi estancia porque me quedé hasta finales de agosto (la fecha de vuelta era a finales de julio)’’. Así, aprovechando los 200 euros que había ganado previamente en un concurso literario, Clara logró alargar su estancia un mes entero, pasando pues, un verano entero con los refugiados.

‘’Creamos vínculos muy fuertes, de hecho, algunos voluntarios criticaban nuestra falta de profesionalidad por la gran amistad que algunos forjamos con ellos’’, confiesa la estudiante. ‘’Aún sigo en contacto con muchas de las personas que conocí, algunos han conseguido llegar a Alemania, otro, por ejemplo, vive en Mataró en casa de una voluntaria’’.

El campo de Cherso, como muchos otros, se encuentra bajo la jurisdicción del ejército griego, pero la interacción o las ganas de ayuda de éstos hacia los refugiados eran mínimas. ‘’Ellos estaban en una base militar al lado del campo, eran muy estrictos. A la hora de montar y desmontar las tiendas su ayuda era nula, éramos nosotros quiénes ayudábamos a los refugiados a sacar todas sus pertenencias fuera de la tienda, desmontarla, montarla de nuevo…’’, rememora Fortuny.  ‘’Incluso los trabajadores de la Cruz Roja negaron llevar al hospital a un hombre herido de bala, básicamente porque su turno de trabajo había terminado’’.

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Ibrahim, pequeño refugiado que juega con la bandera libre de Siria. Ha sido confeccionada por él mismo

‘’Durante una de las clases, un grupo de helicópteros militares sobrevoló el campo y aterrizó a unos metros fuera del recinto del campo. Los militares empezaron a realizar pruebas con explosivos a pocos metros para aterrorizar a la gente. Uno de mis niños estaba dibujando la bandera de la Siria Libre. Al ver las explosiones rompió el dibujo en dos y dijo llorando: This is Syria’’ Clara explica, que días antes tanto los Kurdos como los árabes se habían amotinado contra el ejército por rumores de corrupción. En aquellos campos las disputas entre grupos eran frecuentes, del mismo modo que también lo eran las fiestas improvisadas. ‘’En el mismo campo había gente a favor de las fuerzas rebeldes y defensores del régimen de Assad, pero estos últimos solían ser hombres con un gran valor adquisitivo y que por lo tanto, sin los problemas del ciudadano corriente’’.

 ‘’Lo que más me sorprendió del campo fue la inocencia de los niños’’, dice pensativa. Tras vivir experiencias traumáticas ellos seguían igual de contentos, jugando como brutos y haciendo el gamberro’’, recuerda con nostalgia. ‘’Un día decidieron tener una piscina. Así que se pasaron horas transportando agua con cubos de pintura hacia un embalse que crearon con enormes piedras’’. Pero con los más adultos era distinto. Los adolescentes y los chicos de 20 años se evadían de todo aquel cúmulo de situaciones y malos recuerdos saliendo a tomar cerveza a los pueblos aledaños, componiendo poemas o celebrando fiestas árabes hasta el amanecer.

Historias y experiencias que llegan hasta los huesos. Y pese que los recuerdos son eternos, el tiempo pasa y las personas, en sus migraciones constantes, andan por el mundo.  Tras el acuerdo de la Unión Europea con Turquía para el ‘reagrupamiento’ de refugiados, los que antes residían en Cherso acabaron reubicados en distintos campos y centros, uno de ellos, un antiguo centro de desintoxicación. Parece ser que los grandes responsables de las instituciones se olvidaron de todas aquellas historias que hay tras cada mirada. Han olvidado millones de ellas, ahora confinadas en tiendas situadas en ninguna lugar. Por desgracia, las personas ya no se encuentran en nuestros relojes ni en nuestras agendas. Personas que sobreviven en el nunca jamás

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Ali posa ante la cámara – Clara Fortuny
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