Feras Al-Malat acompaña a la guitarra a Guillem Cabra, cantante y voluntario en el campo de refugiados de Eko, en un concierto en la Sala Stroika, en Manresa. Foto: cedida por el entrevistado

A finales de 2011, justo cuando la revolución siria comenzaba a hundirse en el infierno de la guerra, Feras Al-Malat contaba apenas 17 años. Vivía con su familia en el campo, en un pueblo a 40 minutos por autopista de Damasco. No participaba en las protestas masivas contra la dictadura, aunque compartía sus críticas y reivindicaciones.

La escalada del conflicto trajo enseguida malas noticias para todos los hogares del país. También para el de Feras. “El ejército del gobierno me comunicó que debía ingresar inmediatamente en la reserva”, recuerda en un inglés atropellado. Sentado en la terraza del restaurante Capricho Gallego, en el barrio de La Teixonera de Barcelona, refresca la memoria con un cigarrillo y una taza de café americano.

“Yo no quería luchar para el ejército. No quería ser soldado”.

La existencia de una ley que eximía a los estudiantes del servicio militar mandó a Feras y a muchos otros jóvenes sirios de vuelta a la escuela. Pero cuando al cabo de dos años el presidente Al-Asad se percató de esta argucia legal para eludir el toque de corneta, decretó de inmediato la compatibilidad del libro de texto y el fusil. “Yo no quería luchar para el ejército. No quería ser soldado. Además, mi padre se había visto obligado a abandonar la fábrica de toallas que dirigía. Fue entonces cuando decidí irme del país”, cuenta.

Feras no sabía hacia dónde escapar. Sólo tenía clara una cosa: no quería entregar los mejores años de la juventud a un régimen que asesinaba con impunidad a sus súbditos. La primera parada de este viaje de huida fue Líbano, donde, según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), más de un millón de refugiados sirios sobreviven bajo el umbral de la pobreza en un entorno político cada vez más hostil.

La segunda parada fue Turquía, la puerta de Europa. “Las condiciones de vida allí eran muy duras. Tenía que pagar 100 euros al mes por una habitación compartida con siete personas más. No conseguía aprender la lengua. La gente por lo general era desconfiada y me miraba por encima del hombro. Aguanté un año porque me sentía cerca de mi familia, que todavía estaba en Siria”, rememora Feras. Durante dos meses y medio trabajó en negro en un restaurante de cocina siria. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que las posibilidades de encontrar un empleo que le permitiera vivir en unas condiciones de dignidad mínimas eran muy escasas, por no decir nulas.

Cuando el hermano y la hermana de Feras llegaron a Turquía, ya habían planeado cruzar los 20 quilómetros de mar que separan la península de Anatolia de la isla griega de Lesbos. “En el momento de subir al bote advertimos que todo lo que nos había prometido el traficante de personas era mentira. Todo había cambiado. La embarcación era inestable y estaba sobrecargada. Llegamos a Lesbos medio hundidos”, asegura Feras. Lo único que no había cambiado era el precio del viaje de ida: 750 euros por adulto. Los menores de cinco años podían subir gratis.

Después de conseguir pisar suelo europeo, el objetivo de Feras y sus hermanos consistía en buscar refugio en el campo de Idomeni, ubicado en la frontera de Grecia con Macedonia. Durante unas semanas jugaron al gato y el ratón con la policía. Al llegar a Idomeni se llevaron una decepción. “El lugar estaba abarrotado. Había cerca de 15.000 personas. Muchas organizaciones humanitarias tenían allí oficinas abiertas, pero no hacían nada. Las condiciones higiénicas y sanitarias eran muy malas”, explica. Ante este contratiempo, Feras y sus hermanos cambiaron los planes: él intentaría entrar en Eko, un campo cercano a Idomeni, mientras que sus hermanos volverían a Lesbos.

Como había ocurrido en Idomeni unas semanas antes, el 13 de junio de 2016 las fuerzas de seguridad desmantelaron Eko con el argumento de que no era “un campo oficial”. Todos los voluntarios y periodistas, a excepción de la televisión pública griega, fueron expulsados previamente de las inmediaciones del asentamiento. Feras recuerda que el Proyecto Eko, gestionado por los mismos refugiados con la ayuda de varios voluntarios, siempre funcionó bien: “teníamos una cocina que daba de comer a todos los residentes, una escuela para los niños, un espacio de juego y una tienda grande sólo para las mujeres”. Los refugiados de Eko fueron trasladados en autobuses al campo militar de Vassilika, en el sur del país. “Era una verdadera fábrica de pollos”, lamenta Feras. En septiembre de 2016, un grupo de voluntarios, en su mayoría formado por catalanes, reconstruyó en un terreno alquilado cerca de Vassilika las infraestructuras que habían sido desmanteladas en Eko.

“Yo ya no creo que pueda ver a mi país plenamente recuperado de la guerra. Sólo mis hijos, si es que algún día tengo, podrán volver a Siria”.

Lo primero que hizo Feras al llegar a Barcelona fue dirigirse a una comisaría de los Mossos d’Esquadra para pedir protección; la policía lo redirigió a la Oficina de Asilo y Refugio del ministerio del Interior en Barcelona, ubicada en el paseo de Sant Joan. Al cabo de un mes de haber obtenido la acreditación temporal como solicitante, Feras fue admitido a trámite para recibir la llamada “tarjeta roja”, que le será entregada dentro de unos meses. Este documento autoriza a trabajar y residir en España. Pasado medio año, se debe renovar.

Feras Al-Malat grabando la versión de ‘Mediterráneo’, de Joan Manuel Serrat, de la campaña Casa nostra, casa vostra. Foto: cedida por el entrevistado

Feras vive en una habitación pagada por la ONG de Badalona Proactiva Open Arms, dedicada al salvamento de vidas humanas en el mar. Los miembros de su familia están dispersados por varios países de Europa y Oriente Medio. “He reencontrado en Cataluña a muchos voluntarios que conocí en Grecia, que me ayudan a desarrollar mi vida aquí”, dice agradecido. Pese a no poder trabajar, Feras participa en la campaña Casa nostra, casa vostra, canta en un grupo coral, toca la guitarra, estudia catalán en la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), colabora con el popular grupo de rock-mestizaje Txarango y cuenta su historia a alumnos de primaria y secundaria. “Los niños son el futuro. Yo ya no creo que pueda ver a mi país plenamente recuperado de la guerra. Sólo mis hijos, si es que algún día tengo, podrán volver a Siria. Ahora mi casa es Barcelona”, asegura.

Podéis ver a Feras en el inicio del videoclip de la campaña Casa nostra, casa vostra:

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