Un paseo por Barcelona es aroma, es cultura y, sobre todo, es diversidad. Basta con abrir bien los ojos a la hora de recorrer sus calles, explorar sus rincones o doblar los más inhóspitos callejones para toparse con gentes de todas partes del mundo. Unos trabajando, otros estudiando y muchísimos otros simplemente de paso. Pero es precisamente esa mezcla de idiomas, historias y tonalidades las que componen el retrato de una ciudad acogedora y respetuosa con la diferencia.

Sobre el papel, la urbe catalana se antoja paradisíaca para quienes huyan de la intolerancia. Sin embargo, el mundo no deja de ser una amalgama de grises, de matices y de excepciones dentro de una misma realidad. Hace un año que Luis Lázaro (Colombia, 1989) llegó a España. Quedamos en el lugar de encuentro de viajeros de todo el mundo, la librería Altair, muy popular entre quienes comparten la inquietud por descubrir nuevos lugares. No obstante, Luis no ha abandonado su país por afán cosmopolita, ni tampoco para labrarse un porvenir radicalmente diferente. Ha tenido que dejarlo todo atrás para sobrevivir. ¿El motivo? Ser homosexual en una sociedad global anclada en el prejuicio y la ignorancia.

“Una lucha constante” por integrarse y conseguir reconocimiento

Antes de empezar la entrevista, charlamos brevemente sobre cómo ha llegado hasta aquí. Inmediatamente, lo que llama la atención de Luis es el enorme contraste entre su narración y su personalidad. No se descompone, no languidece ni tampoco teme hablar sobre lo más aterrador de su pasado. Tiene una mirada afable pero decidida, su voz despierta reflexión y entusiasmo, y se define a sí mismo como un inconformista en constante proceso de lucha y adaptación. Y con todos los reveses que han sufrido, tanto él como el resto de su familia, tiene más fuerzas que nunca. “La vida no tiene precio”, afirma.

Luis nació en Valledupar, una pequeña ciudad costera del norte de Colombia. Con media sonrisa recuerda la música de su localidad natal, en donde anualmente se celebra el Festival Vallenato, considerado Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. Sin embargo, esa herencia cultural, reflejo de la historia colombiana, no se corresponde con las conciencias de una parte de sus habitantes, en un país mucho más avanzado a nivel legislativo que social respecto a los derechos LGBT.

Su padre falleció cuando apenas tenía dos años. Tiempo después, lamenta la ausencia de esa imagen paterna, necesaria para “poder afrontar todos los desafíos que uno tiene como niño, como adolescente y luego como adulto”. Es hijo único y creció al lado de su madre, una mujer “luchadora y trabajadora” que hace unos meses decidió dar el paso, como él, y empezar de cero. Ahora viven juntos en el barrio de Sant Andreu, lejos de las persecuciones, amenazas y vejaciones que sufrieron en Colombia durante años al hacerse pública su homosexualidad.

Luis Lázaro
Libros de viajes al fondo, Luis habla sin tapujos de su experiencia y su situación en Barcelona. Foto: Javier Castro

Antes de cruzar todo un océano, Luis ya había abandonado Colombia durante tres años a la espera de que se calmaran las cosas en su ciudad. Pero en las pequeñas localidades todo el mundo se conoce, y “un apellido te marca”. No sólo le persiguieron a él. Su madre, por ejemplo, sufría extorsiones por parte de los mismos grupos que acosaban a su hijo. Iban a su casa con frecuencia a exigir dinero y otros objetos de valor. En una ocasión, un primo suyo recibió tres disparos de bala. Y Luis, después de haber sufrido un intento de secuestro infructuoso, tomó la determinación de abandonar Valledupar sin mirar atrás. Por el momento, no tiene intención alguna de volver.

“El dejar todo de tu país, dejar tus cosas, tus costumbres, tu estabilidad y llegar a un país donde no sabes lo que te espera… Es como renacer”.

Su determinación por Barcelona no es fruto de la casualidad. Luis confiesa que se sintió atraído por ser, al menos sobre el papel, la capital más respetuosa con los homosexuales en España. Quería empezar una nueva vida lejos de la inseguridad y la violencia que sufría por expresarse tal y como realmente es, sin temer a la intolerancia y a las faltas de respeto.

Sin embargo, la experiencia le ha demostrado lo contrario. Luis ve un gran número de similitudes entre los desprecios sufridos en Colombia y en Barcelona. En un caso eran constantes y por parte de las mismas personas. En el otro, por individuos anónimos. En este sentido, no duda en afirmar que “España es tercermundista para Europa. He vivido muchas situaciones en las que me he sentido bastante vulnerable por una población que debería tener una conducta diferente”.

Luis imagina un futuro más allá del conformismo y la mera supervivencia

Sus dificultades para adaptarse no han quedado ahí. Poco después de llegar a Barcelona, Luis ingresó en una asociación para agilizar los trámites y su integración en Europa. Nada más lejos de la realidad, la situación se tornó particularmente incómoda para él en según qué momentos: “Los programas [de acogida] están pensados para personas en una situación de completa vulnerabilidad. La conducta que normalmente tienen las asociaciones que trabajan con personas migrantes o refugiadas son de tratar a estas personas como objetos”.

Precisamente porque Luis ya había estudiado Administración y Dirección de Empresas en Colombia, no se plantea dejar a un lado su formación ni renunciar a ella. De hecho, ha obtenido su permiso de trabajo el pasado 9 de marzo, y tiene la intención de seguir adelante con su aprendizaje: “Si quiero desenvolverme en el campo laboral debo aprender muchísimo. Es imposible aprender diariamente cosas. Pero yo quiero luchar y no siento que esto me quede grande”.

“Este proceso me ha abierto mucho los ojos para adaptarme al día a día en esta sociedad”.

Más allá de la homofobia y las dificultades inherentes a empezar de nuevo, Luis no está dispuesto a perder el pulso con la realidad. En Barcelona ha vuelto a disfrutar de los pequeños placeres de la vida, por los que en Colombia se sentía especialmente cohibido. Quehaceres tan cotidianos como salir a caminar, ir a la playa o ver una película en el cine, sin temer por su integridad física, le han insuflado ánimos renovados para seguir adelante: “Aquí trato de recuperar el tiempo perdido, y vivir lo que no he vivido. Puedo salir tranquilamente, ya que al no tener una conducta que refleje mi condición sexual puedo tener una vida normal”.

Terminada la conversación, charlamos un rato sobre fotografía antes de salir a la calle. Era un día particularmente frío en Barcelona. Recorremos los escasos 500 metros que llevan a Plaça Catalunya hablando sobre la universidad, los programas de acogida y otros temas tratados en la entrevista. Juntos bajamos las escaleras, Luis coge la Línea 1, el entrevistador, la R4. Con un gesto y sin mayores formalismos se despide, dirigiéndose al metro con móvil en mano. Eran cerca de las 2 de la tarde y a muchos, también a Luis, nos espera alguien a la hora de comer.

Entrevista con Luis Lázaro (Vídeo):

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