Julio de 2011. Euforia, alegría, esperanza. Una amalgama de sensaciones y sentimientos explosiva envuelve la atmósfera de Yuba. Tras medio siglo de tensiones raciales y guerras constantes con el Norte, el pueblo de Sudán del Sur por fin conseguía la ansiada independencia en un referéndum, convirtiéndose en el país más joven del mundo. Sueños de prosperidad y democracia engrandecieron los corazones de millones de sursudaneses, en la que fue la primera secesión pacífica de la historia del continente africano.

Sin embargo, seis años y medio después, todo ha cambiado. No hay felicidad, ni bienestar, ni tan siquiera comida ni agua corrientes para la inmensa mayoría de la población. Como en otros precedentes históricos, la independencia dio paso a constantes conflictos por la conquista del poder y, sobre todo, por el principal recurso del país: el petróleo. El culmen de esa inestabilidad política fue un golpe de Estado fallido en diciembre de 2013, que lejos de ser sofocado por el gobierno central ha derivado en una guerra civil fratricida y desastrosa.

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Refugiados de Sudán del Sur esperan la ayuda de ACNUR en Egelo, en la frontera con Uganda. Foto: ACNUR (Will Swanson)

Crisis humanitaria y refugiados

Como era de esperar, la población civil no permaneció ajena a la inestabilidad y se ha visto arrastrada a una situación límite, e incluso mortal. Sudán del Sur es uno de los países más pobres del mundo, en donde más de la mitad de la población vive con menos de un dólar al día y sólo un 1% tiene acceso a electricidad. En semejantes condiciones, una confrontación bélica está llamada a deprimir la situación de la población civil, tal y como ha sucedido.

Por otra parte, el conflicto también ha llevado a que centenares de miles de personas busquen refugio tanto en los países del entorno como dentro de sus propias fronteras (desplazados internos). De hecho, muchos se ven motivados a abandonar sus hogares y buscar el abrigo de las ONG por uno de los factores más urgentes de la crisis: la hambruna. Hasta ahora ya se ha declarado oficialmente en dos condados, Leer y Mayendit, y las estadísticas no parecen indicar que la situación vaya a mejorar. Según datos de UNICEF, más del 40% de la población depende de la ayuda alimentaria, y más de 1,1 millones de niños sufren una situación de desnutrición aguda.

Otro factor añadido es la preocupante sensación de inseguridad en las zonas petrolíferas del noroeste, en donde los combates son más intensos y afectan de manera directa al día a día de la población. Por ello, centenares de miles de sursudaneses se han visto obligados a dejarlo todo atrás al no poder tan siquiera cultivar sus propias tierras.

Mención aparte merece la situación de la mujer en Sudán del Sur. La violencia sexual como arma de guerra se ha convertido en una constante en el conflicto. Y no sólo entristece y preocupa el altísimo grado de impunidad de este tipo de atrocidades, sino que una inmensa mayoría de las veces también conllevan la ruptura del vínculo entre la mujer abusada y sus familiares, que pasan a estigmatizarla y rechazarla. Esto, sumado al alto número de matrimonios forzosos de niñas entre 15 y 19 años, a la baja tasa de alfabetización femenina (en torno a un 18%) y a unos niveles de SIDA en aumento, hacen de Sudán del Sur un territorio francamente hostil para las mujeres.

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Infografía: UNICEF.

Desde el estallido del conflicto, más de 1,5 millones de personas han cruzado la frontera huyendo de la guerra, en la que ya es la mayor crisis humanitaria de África y la tercera del mundo, sólo por detrás de Siria y Afganistán. Sin embargo, la apretada agenda setting de los medios de comunicación no permite arrojar luz, siquiera de forma testimonial, a una realidad preocupante e invisibilizada.

Tal y como se ha desarrollado la guerra hasta hoy, y en vistas del ascendente número de refugiados sursudaneses – sólo en Uganda se ha triplicado su número en apenas medio año -, se trata de una crisis sin solución cercana y cuyas consecuencias humanitarias son ya desastrosas. Hambruna, miseria económica y social, sequía, conflictos y casos de limpieza étnica componen el retrato de un sueño truncado, el de una población sin mayor ilusión que vivir en paz después de décadas en guerra.

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